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De la Seringa y la Selva. Lucía Martin-Retortillo

De la Seringa y la Selva.Pueblo de los seringueiros o caucheros. La mayor parte de lo que hay en la selva pasa “inadvertido”, es ésta una propiedad de sus habitantes, animales y plantas. Así de inteligente es la naturaleza que ha colocado a tantas especies juntas, ya que solamente juntas, forman el mar de la selva, la inmensidad, el todo, inundado y transformado por el surco de sus ríos y el agua del cielo. 

Transporte en canoa, un medio inprescindible en la zona

Uno de los grandes olvidados de la selva es el pueblo de los seringueiros o caucheros, autenticos artesanos de la selva. Fue formado allá a comienzos del siglo XX por oleadas venidas desde las áridas tierras del nordeste brasileño hasta el corazón- entonces- de la selva amazónica, el estado del Acre,  cerca de la frontera con Bolivia, por ser una zona rica en esa extraña especie que son las “seringueiras”. Aquí dentro trabajaron para sus patrones brasileños y europeos, explotados hasta no quedar más que el pellejo para producir la materia prima de las  ruedas de los coches occidentales. Los que no murieron por la malaria-endémica- o el dengue, vivieron aislados, en sus chozas como auténticos elementos de este rico panorama.

Pueblo de los Seringueiros o caucheros

No tenían derecho a plantar huerta, para así poder dedicar unas 12 horas a la recogida de la leche blanca del caucho, caminando por los senderos que abren dentro de la selva siguiendo el itinerario de estos árboles que crecen a cierta distancia unos de otros. Son árboles de porte hermosísimo, anchos, reconocibles por las cicatrices en sus troncos por donde mana su sangre blanca, el látex, autentico ejemplar de la diversidad biológica del planeta. Ya después de volver a casa al atardecer, quedaba todavía transformar la leche blanca en unas pelotas negras, más adecuadas para el transporte, y en el que el seringueiro se dejaba lo que le quedaba de pulmón y de día. A cambio, el patrón le traía una vez al mes siempre escasas provisiones y cartuchos de escopeta a precios desorbitados, lo que les endeudaba de por vida, y le ataba a esa tierra, como en la Europa medieval o la Rusia zarista. Este pueblo sacrificado y humilde, creció, se multiplicó, y pobló amplias zonas donde vivían esos árboles. Vivió al lado de indígenas, con quién comparte el modo de vida aunque con unos se mezcló y con otros se peleó; cazó y sucumbió a las fieras de la selva como uno más, comió sus frutos y reconoció sus plantas; en definitiva, este pueblo pertenece tanto a la selva brasileña, como cualquier tribu indígena de renombre en Occidente.

Recolección del caucho

Allá por los años 70, la defensa que uno de estos seringueiros hizo del medio ambiente donde vivía y comía, y del derecho de su pueblo a sindicarse y defenderse de los abusos de los patrones, Chico Mendes, le costó la vida a manos de los madereros furtivos, especie ésta también perteneciente a la selva, que por desgracia, suele conseguir lo que quiere. Pero sirvió de denuncia para que Occidente, mirara la tragedia de la destrucción y la desaparición de un pueblo nativo, a manos de una aberración ecológica, que hoy, 35 años después, ha acabado con una proporción desmedida de selva transformada en plantaciones de soja o pasto de ganado para carne. Donde aparece el buey, desaparece el hombre, dice un dicho popular acreano. A propósito de esto, también aquel grito, los empates, es decir la resistencia pacífica contra la deforestación atándose a los árboles con cadenas para que no fuesen talados, sirvió para concienciar a Occidente y a su propio país, sobre la gestión de los medios naturales por sus habitantes, en concordancia con valores de cuidado y protección , lo que pasó a llamarse extrativismo, es decir el uso en  equilibrio de las riquezas naturales existentes por las poblaciones que las viven, pues a ellos les corresponde cuidarlas, por oposición a la economía de rapiña que los ganaderos y madereros quieren imponer en la selva.



 
 

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