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Una de las experiencias más interesantes que puedes vivir en Tokio es la visita a la lonja de pescado de Tsukiji. Considerado el mayor mercado mayorista de pescado del mundo, manipula mas de 2000 toneladas de productos marinos al día, con tal rapidez, que no da tiempo a que el olor a pescado impregne el recinto.
Es conocida la afición de la población japonesa al pescado; cada persona consume por año cerca de 70 kilos, con lo cual no extrañan las cantidades astronómicas que necesitan exportar de otros países para elaborar platos basados principalmente en productos marinos.
De un ejemplar de atún pueden sacarse alrededor de 6000 raciones de sushi o sashimi, platos indispensables en la gastronomía japonesa y a comienzos del 2009 se adjudico un ejemplar de 128 kilos por la friolera de 80.500€.

Este mercado estaba antiguamente ubicado en Ninhonbashi, donde se vendía el excedente que no se había dado salida en el castillo de Edo (hoy Tokio), pero el terremoto de 1923 y numerosos incendios acabaron con él. Actualmente esta situado en la bahía de Tokio en el río Sumida tras un pequeño puente que marca su entrada. Un poco antes de éste, se encuentra el Namiyoke Inari Jinja (santuario del Zorro ahuyentador de olas) lugar donde los pescadores y comerciantes ruegan por la prosperidad de sus negocios

El mercado abre sus puertas a las 3 de la mañana y es recomendable llegar a sus inmediaciones a esa hora si se quiere presenciar la descarga de los barcos. Se puede acceder a el a través de la línea “Tokio Metro Hibiya” Estación Tsukiji. La mayor actividad se produce desde las 5.30 hasta las 8 de la mañana, a partir de esa hora no merece la pena visitarlo.
Tsukiji es más que una lonja, allí se desembarca, se limpia y se trocea con mimo más de 400 variedades marinas, desde pequeñas algas hasta atunes de 300 kilos, pasando por especies tan extrañas para ojos occidentales que no podíamos ni imaginar su existencia.

Pero sin duda el verdadero rey del mercado es el Maguro, atún en japonés. La descarga y la subasta de estos grandes ejemplares se ha convertido en una gran atracción turística y la cantidad de visitantes que se congregan con sus cámaras a diario hace peligrar el ritual de su tradición.
Todo transcurre con gran rapidez, los operarios conducen sus motocarros a gran velocidad, esquivando a los despistados turistas para transportar las grandes piezas congeladas y colocarlas en el suelo formando una espesa niebla que confiere una atmósfera muy especial.
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