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Esplendor pasado, maravilla inmortal

EgiptoSoñé con visitar Egipto por primera vez cuando tenía 17 años, poco después de que Agatha Christie me convenciera de sus misterios y maravillas en la Muerte en el Nilo, aquella novela que llevaba a los lectores a bordo del Karnak, un vapor que hoy ya nada tiene que ver con las motonaves fluviales que día a día surcan el gran río.

A bordo de la camioneta de servicios turísticos que acababa de recogernos en el aeropuerto internacional del Cairo, la ciudad se revelaba inabarcable sin apenas rasgos de haberse occidentalizado. Aún más difícil era encontrar familiaridades en la emblemática capital tras la leve bruma que provenía no sé si de la arena o de la contaminación de la ciudad a esa hora de la noche.
En Giza tuvimos apenas un par de horas para dormir antes de volver al aeropuerto y tomar un vuelo a Luxor, de donde zarparía un crucero que nos llevaría a visitar algunos de los lugares más prometedores del país. A esa hora no había tráfico en las calles del Cairo, pero sí gente y algunos comercios nocturnos. Sobre el puente que atravesaba el río, pescadores ociosos platicaban entre ellos sin darle mucha importancia a lo que pudiera “picar” allá abajo.

Egypt airlines

Camino al aeropuerto, en plena madrugada, vimos por primera vez, través de la ventanilla de la camioneta, las tres siluetas triangulares que todo viajero moría por ver. Pero el encargado de trasladarnos ni siquiera nos invitó a voltear a verlas; pasó a un costado de ellas ignorando su magnificencia y sobre todo, el interés inmenso que tendrían para nosotros. La lección era clara: Para ellos se habían convertido en algo cotidiano. Las pirámides estaban ahí sin más remedio que el de coexistir con una civilización que no lograría alcanzar el esplendor que alcanzó hace casi cinco mil años, cuando los primeros egipcios labraron en calizas y granitos una historia que aún hoy ejerce un poder de atracción muy superior al que ejercen sus logros y múltiples conflictos actuales.
En cierto modo, supuongo, debe ser triste tener consciencia de que los 13 millones de turistas que en promedio viajan a Egipto cada año, lo hacen buscando ver aquello que a los egipcios de hoy, sólo les pertenece por herencia histórica.

En Luxor

Apenas llegar a Luxor nos presentaron a Abdul, nuestro guía, quien tras una sonrisa de dientes blancos nos dio desde el principio lo mejor de sí, aunque –todo sea dicho- no sin intentar sacar algún inofensivo provecho económico de nosotros, incautos turistas.
Antes de subir al crucero y poder descansar aunque fuera unos minutos, hicimos nuestra primer parada en el conjunto monumental formado por los templos de Karnak y Luxor, ambos conectados entre sí por la hoy llamada Avenida de las Esfinges, un tramo de tres kilómetros que como una herida atraviesa la ciudad y en la que a derecha e izquierda descansan una a lado de otra, pequeñas esfinges de piedra.

Luxor egipto karnak Luxor
Entrada al templo de Luxor karnak en Luxor

El templo de Karnak es el más grande de la ciudad y sin duda uno de los mejor conservados de todo Egipto. A ello contribuyó el hecho de que permaneciera sepultado por las arenas del desierto durante lo que a sus moradores de piedra debió parecerles una eternidad. Se pregunta uno, cómo es que fue posible que la gran mayoría de los templos, ruinas y vestigios hayan permanecido ocultos tanto tiempo bajo las dunas.

Luxor
Moradores de piedra en Luxor


 
 

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